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lunes, 2 de mayo de 2016

Qué verde era mi vaca... ¿O era mi valle?

Dice el Talmud que "el hombre fuerte gobierna sus pasiones; el hombre honrado trata a todos con dignidad; y el hombre sabio aprende de todos con amor".

Al toparme hace unos días con esta reflexión rápidamente conecté su contenido con esta otra historia:

Vaca pastando en un prado de hierbas frescas y verdes
"Érase una vaca que habitualmente pastaba con tranquilidad en una verde pradera. El pasto era alto y fresco, en la plenitud de su verdor; y hacía las delicias de la vaca que ora ramoneaba la yerba y otrora la rumiaba tumbada en la fresca y mullida hierba, contemplando el descanso de un horizonte dibujado.

Tan exquisitos cuidados redundaban en una producción láctea sana y abundante, lo que hacía las delicias de su granjero que contemplaba con agrado las musculosas cachas de la vaca y sus generosas ubres gritando el ordeño.

Llegado el estío, el prado acusó la sequía. Ahora la tierra reseca no producía un pasto tan alto y verde, la hierba amarilleaba y escaseaba pero era suficiente para el mantenimiento de la vaca, que seguía dando leche, aunque no en tanta cantidad como antes.

La sequía se mantuvo por más tiempo del habitual y ya no había pasto para todos los animales de la granja. La ración de  heno de la vaca fue a parar a otros animales más pequeños y más necesitados, porque la vaca, con su inmenso volumen, podía aguantar más tiempo sin comer. Esto adelgazó a la vaca en poco tiempo cobrando un aspecto famélico y, como no podía ser de otro modo, las ubres colapsaron deteniendo la producción láctea.

No a mucho tardar la vaca murió de hambre ante el asombro e indignación del granjero, que juraba contra la vaca por la gran faena que le había hecho.
¡Cómo se le marcaban a la famélica vaca muerta cada uno de sus huesos, grandes, muy grandes!
¡Dónde quedaron aquellas cachas, dónde aquellas ubres!"
Querido lector:
¿Te identificas? ¿Reconoces alguna situación en tu vida en la que has asumido el papel de la vaca, del pasto o de granjero? ¿Te acuerdas de aquellos verdes pastos?

Si es así, ahora reflexiona:

  1. Es cierto que las cosas cambian y que pensar en lo verde que era nuestro valle no mejorará la situación actual en la que nos encontremos.
  2. Podemos admitir que una situación de crisis, interna o externa, puede derivar en una escasez de pasto que exija reajustes para adecuarnos al estío.
  3. También podemos soportar que si no hay recursos para todos, algunos tendrán que ser sacrificados para que otros puedan sobrevivir: alguien tiene que ganar y alguna vaca tendrá que perder.
  4. Pero lo que no es admisible es que el granjero descargue toda la responsabilidad en la vaca, porque la consecuencia lógica de privar del alimento necesario es la muerte por inanición.

          Escena de "Qué verde era mi valle" de John Ford, 1941.
Y esto es lo que puede pasar en algunas empresas, en algunas familias, en muchas relaciones sociales y en las sociedades mismas.

Acordarse de la belleza del prado no resuelve el futuro, pero contextualiza el problema porque exhibe un punto de referencia, nos indica cuál fue la verdad, ahora deteriorada.

Negar el verdor del valle o no querer recordarlo indica una renuncia, frecuentemente cobarde. Es propio de la misión del coach ayudar a ver la realidad tal como es, para que el coachee pueda enfrentarse a ella sin ocultarse tras los pliegues de una fingida ficción.

La primera parte de esta metáfora fue muy bien reflejada por John Ford en 1941 en su oscarizada película "¡Qué verde era mi valle", protagonizada por Walter Pidgeon y Maureen O'Hara entre otros.

Pero yo sigo pensando, después de tamizar esa realidad por lo sugerido por el Talmud...
¡Qué verde era mi vaca!.

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Alfredo Abad Domingo.
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sábado, 30 de enero de 2016

¿Estas ilusionado, iluminado o entusiasmado? Tú eliges

 En la fábula de Samaniego, la zorra incapaz de alcanzar por sí misma las uvas, renunció a su objetivo protegiendo su orgullo apoyando la ficción interior de que "no estarían maduras".
Es voz común que a más del mediodía
en ayunas la zorra iba cazando.
Halla una parra, quedase mirando
de la alta vid el fruto que pendía.
Causábale mil ansias y congojas
no alcanzar a las uvas con la garra,
al mostrar a sus dientes la alta parra
negros racimos entre verdes hojas.
Miró, saltó y anduvo en probaduras;
pero vio el imposible ya de fijo.
Entonces fue cuando la zorra dijo:
"¡No las quiero comer! ¡No están maduras!"
No por eso te muestres impaciente
si se te frustra, Fabio, algún intento;
aplica bien el cuento
y di: ¡No están maduras!, frescamente.
No hace mucho, refiriéndose a la complejidad política de formar gobierno, un amigo con quien hablaba afirmaba que había llegado a la conclusión de que "cualquier gobierno resultante sería el mejor de los posibles".
Y esto  -de inmediato- me recordó a Samaniego, a su zorra y a las inalcanzables uvas.

Afortunadamente hay personas que se ilusionan con facilidad, de hecho -afirman- se "vive de ilusiones". El latín del que procede el término ilusión  (illusio) tiene la misma raíz que lúdico y ludópata (del verbo illudere): jugar contra y hacer mofa; por lo que iluso se traduce por engaño o percepción irreal, antes de que en el siglo XIX adquiera el matiz de esperanza infundada o expectativa favorable.
Por tanto, vivir de ilusiones es enrolarse en una idea del devenir alimentada por una ficción construida imaginariamente, pero que no exige un apoyo en la realidad: la zorra se obligó a pensar que las uvas no estarían maduras, así no tendría que enfrentarse al fracaso impuesto por la limitación de alcanzarlas.
La motivación del cambio producido por una ilusión es exterior y, por ello mismo, cambiante, inestable.

El tipo de persona iluminada también tiene una relación intensa con el exterior, pero en cuanto que recibe una luz que la llena de claridad. Esa luz le viene de fuera, pero no le es ajena. En este caso, la motivación sigue siendo externa, pero tiene un reflejo subjetivo en su interior relacionado con la fuente de luz que le alumbra.
Por eso hablamos de visionarios, de personas que prevén situaciones, resultados de procesos y que pueden fundamentar sus predicciones.
Son personas que elucubran, término coloreado en su origen con el matiz de trabajar con luz por la noche, por ello en la actualidad nos sugiere una divagación de apariencia profunda -que puede llegar a serlo- o también imaginar sin mucho fundamento. El iluminado es un ilustrado, una persona que se abre a la realidad, por eso lee, estudia, investiga, pregunta, se interesa.
El iluminado o ilustrado cimenta su idea en una experiencia externa, pero la elabora cuando la realidad que le circunda traspasa la frontera de su subjetividad para manifestar la luz recibida.

Por último tenemos al entusiasta, que exhibe una exaltación de ánimo que parece venir de una energía exterior porque en su interior no se halla potencia suficiente que justifique tal impulso.
Este "enthusiasmus" latino procede  del griego 'ἐνθουσιασμός' - 'enthousiasmos': inspiración divina, arrebato o éxtasis; que a su vez deriva de 'entheos o enthous': que lleva un dios dentro.
El entusiasmo era ese furor o arrobamiento de las sibilas al formular sus oráculos inspirados por Apolo.

Para el entusiasta la motivación es interior, es posible que su semilla haya sido depositada por ese Apolo, pero nace y florece en su interior, porque se ha alejado de la ficción del ilusionado: es la realidad externa misma expresada desde su interior.

El ilusionado y su versión sofisticada -el iluminado o ilustrado- pactan el declive de su acción esforzada cuando desaparece el estímulo externo; en cambio, el entusiasmado cuenta en sí las herramientas de la perseverancia con que le obsequia ese Apolo que le motiva en su interior: no se somete fácilmente a las circunstancias porque conoce el fundamento de su esperanza. No es que sus oráculos sean performativos de la realidad, sino que bien al contrario, es la realidad la que conforma su ánimo con un vínculo verde-esperanza.

En tecnología no se puede dar un paso sin ilusión, pero debemos aspirar a algo más: la fe ciega en la tecnología es una ilusión efímera, vana, banal.
Y mi amigo manifestó su necesidad de consenso político encerrada en una ilusión, pero no lo tengo por iluso ya que la necesidad guarda relación con la realidad: él manifestó su ilusión teñida de esperanza, propia de un entusiasmo aún escaso de ánimo por la dificultad que entraña el consenso. Por eso le dedico este post.

Ilusión, Ilustración y Entusiasmo son tres pupilos de la misma familia con los que nos cruzamos cada día en el camino de la vida.

Querido lector:
Si eres un iluso, bien por ti, no es bueno vivir desilusionado; Si eres un ilustrado, bien por ti, es bueno no vivir a oscuras; pero a mí me gustaría dejarme guiar por el entusiasmo.
En cualquier caso, ¡tú eliges!
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Alfredo Abad Domingo.
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domingo, 19 de abril de 2015

Familias digitales

"Familias Digitales", nuevo libro en la colección Hacer Familia de la Editorial Palabra sobre las claves y consejos para convivir en una sociedad en red, especialmente para los ámbitos familiares y educativos.

Colección: Hacer Familia.
Editorial: Palabra.
Edición: 1ª, abril 2015.

Paginas: 192.
Encuadernado: Rústica.
Formato: 19 x 12.

Idioma: Español.
ISBN:978-84-9061-208-8.


Más información y compra online en:
        www.palabra.es/familias-digitales-1346.html

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Ahora, también traducido al Inglés y publicado en Estados Unidos por Editorial Excepter:

"Digital Families: Tips and Guidelines for Living in an Online Society", Alfred Domingo. Ed. Scepter. New York (USA), ago-2016.
PB: 978-1-59417-258-9 y eBook: 978-1-59417-259-3.

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Por último, también traducido al Portugués y publicado por la editorial Quadrante:

Título en Portugués: "Familias Digitais"


Ficha Técnica:
Número de Páginas: 126.
Editora: Quadrante.
Idioma: Português.
ISBN: 978-85-74652-36-8.
Dimensões do Livro: 14 x 21 cm.


Sinopsis:
Este libro se presenta como un manual para aprender a convivir con las nuevas tecnologías con una visión educativa para abordar este factor tan presente en la sociedad.

¿Conoces las ventajas de un consumo adecuado de las tecnologías de la información y la comunicación? Internet, los dispositivos móviles, los ordenadores, las redes sociales etc. han pasado a formar parte de la cultura del ser humano y conforma una nueva forma de vida de la que no es posible escapar. Saber cómo convivir con ello, educar en esta nueva forma de sociedad y conocer los beneficios y riegos es indispensable hoy en día.

Este libro es un guía sobre las nuevas tecnologías tanto para conocedores de la materia como para los que todavía no se atreven a dejarse llevar por la red. Es además un gran apoyo educativo para los que se enfrentan a este tema, nuevo para ellos, con hijos, alumnos, etc., a los que orientar.

Una forma positiva y novedosa de adentrarse en el mundo tecnológico.

Alfredo Abad (Madrid, 1961) es licenciado en Ciencias Físicas por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es profesor de Seguridad, Alta Disponibilidad y Redes de ordenadores. También escribe en CuriositaTICs, su blog de reflexión tecnológica. Ha gestionado la implantación de la tecnología en centros educativos y en empresas editoriales y ha sido profesor de masters de posgrado con la Fundación Universidad-Empresa sobre tecnología educativa en la UNED y en otras instituciones educativas y empresariales. 
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Alfredo Abad Domingo.
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lunes, 15 de septiembre de 2014

Vamping: trasnochar se pone de moda

La nueva moda entre los adolescentes internautas es eso que ellos mismos han venido a denominar "vamping" por la etiqueta que han utilizado en las redes sociales para marcar sus mensajes nocturnos: #vamping.

Consiste esta moda en permanecer horas y horas nocturnas conectados a las redes sociales, tiempo robado al sueño y al descanso. El atractivo de las redes sociales entre los adolescentes que las usan es tan intenso que trasnochar ha sido convertido en moda.

Los efectos del vamping podrían perjudicar a estos jóvenes de dos maneras:

  1. Por la obesidad digital que les producirá la compulsión de examinar constantemente qué ocurre entre sus contactos de la red, lo que en el fondo no es más que un incontrolado afán de novedades.
  2. Por la falta del descanso debido y la creación de hábitos que impidan el desarrollo normal de los ciclos circadianos.
Cualquiera de los dos factores desemboca en el arraigo de costumbres difíciles -aunque no imposibles- de erradicar y que influirán notablemente en las actividades diurnas.

Aunque el fenómeno se ha puesto de moda entre adolescentes, nativos digitales, también se ha extendido a adultos con el agravante de que la extrema dedicación que les exigen la constante atención a las redes sociales puede deteriorar la atención de sus obligaciones, también familiares.

Desde el punto de vista antropológico, esta moda también tiene su alcance. Recomiendo leer este artículo: "El utilitarismo de la compulsión modernista". Si realmente te interesa este tema, no te defraudará.

La educación de los menores es una responsabilidad primordial de sus padres, pero limitar las horas de acceso a los menores en el entorno familiar parece una medida de prudencia de primera calidad en la educación del carácter  y los hábitos en el adolescente. Eso sí, explicando adecuadamente la razón de esa limitación y dando ejemplo -padres y profesores- de cuáles son las ventajas de ser señores de uno mismo.

¡Que las redes sociales no te chupen la sangre! 

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Ilustración: Antonio Marín (c). Más imágenes originales en http://dibuloco.wordpress.com/

lunes, 16 de junio de 2014

Sobre el éxito y la excelencia

Afirma la RAE que el éxito (del latín exitus, salida) es el resultado feliz de un negocio o actuación además de la buena aceptación que tiene alguien o algo. Con frecuencia hablamos de éxito y excelencia como si fueran sinónimos y, efectivamente, tienen algunos elementos en común, pero no son lo mismo. ¿No lo crees? Sigue leyendo.

La misma RAE afirma que la excelencia (del latín excellentia) es la superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo.

¿A que son parecidos? Expongamos dos formulaciones de ejemplo para reflexionar sobre ellas:
  1. Hoy he tenido éxito en este negocio.
  2. Hoy he realizado mi trabajo con excelencia.
Si he tenido éxito, estoy indicando que mi negocio ha finalizado según mi intención. En cambio, si mi trabajo ha sido realizado con excelencia lo que preciso es que fue hecho de manera eficiente, con calidad y con bondad (como dice la RAE), de modo que esa calidad produce admiración.
La admiración de la excelencia no proviene de finalizar la acción sino de la calidad de lo realizado.
Con solo el éxito, el caco consigue su botín, pero no podemos atribuirle un trabajo excelente, salvo que participemos de algún modo de la picaresca.
La excelencia alberga una componente moral, la bondad de la acción; el éxito no necesariamente.
No se puede decir que nuestros antepasados de Altamira tuvieran un éxito inefable: no hemos sabido de la existencia de esas pinturas rupestres hasta hace bien poco tiempo. Sin embargo, su trabajo fue excelente, digno de la estimación de todos en la actualidad y merecedor de unas medidas proteccionistas de conservación que indican la importancia del patrimonio cultural que suponen esas pinturas.

Cuando se habla de la cultura del esfuerzo, con frecuencia se habla de que conduce al éxito. A mí no me interesa esa cultura del esfuerzo si el camino hacia el éxito no pasa por las verdes praderas de la excelencia.

Cuando se utiliza tecnología educativa, sobre todo si hay gamificación por medio, hay que poner un exquisito cuidado pedagógico en que el objetivo de éxito no relegue la excelencia a la profunda oscuridad de las cavernas de la cultura del pelotazo.

¿Quieres saber más sobre la perversión en la cultura del esfuerzo? Te sorprenderás.

Ilustración: 
Antonio Marín (c). Más imágenes originales en http://dibuloco.wordpress.com/

Reflexión: 
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sábado, 3 de mayo de 2014

Donde tus sueños te lleven


Dicen que el pesimismo tiene un prestigio que no merece. Creo que está bien dicho, pero ¿nos lo creemos realmente? ¿No será que el pesimismo actúa como un narcótico de nuestra propia incapacidad o de nuestra comodidad?

Hoy os dejo el vídeo de Javier Iriondo, locutado con la voz de Pablo Motos, que merece la pena ver con detenimiento.

Sin embargo, hay algo en lo que no estoy totalmente de acuerdo. Efectivamente el pasado no debe determinar el futuro, porque el pasado, pasado está; pero eso no significa que debamos ignorarlo.
El futuro define la meta, pero al ruta que determina qué camino seguir no está totalmente definido si faltan el punto de partida y el punto de llegada: el de llegada está en el futuro, pero el de partida está en el presente, momento que fue engendrado en el pasado.

Por tanto, parece una medida de prudencia contemplar el pasado no para agobiarse o para retomar malas experiencias sino para conocerse y definir mejor qué me acerca a un futuro libremente elegido.
Decía Vincent Lombardi (entrenador de fútbol americano de ascendencia italiana) que:
"El único lugar en el cual ‘éxito’ viene antes de ‘trabajo’ es en el diccionario" claro que "Si tú crees que estás derrotado, lo estás. Si crees que no te atreves, no lo harás". 



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jueves, 17 de abril de 2014

De la avaricia y otros remordimientos

Frecuentemente el sufrimiento humano es la manifestación de una vida llena de tensiones. El desequilibrio puede provenir de agentes externos que agreden modificando las circunstancias o del interior del sujeto.
Las injerencias exteriores nos hacen conscientes del dolor, pero las que provienen del interior nos dañan sin dejar rastro en la consciencia aunque no se inhiben en la conciencia.

Un buen ejemplo lo tenemos en la avaricia, de la que Jean de La Fontaine (escritor y poeta francés del siglo XVII), afirmaba que lo pierde todo por quererlo todo. El remordimiento interior que produce la avaricia no solo es tan inconsciente como agresivo. Ya en nuestro siglo, pienso que es lo que significaba Francisco Ayala cuando decía que "La avaricia es la más desinteresada de las pasiones, ya que exige una abnegación, a veces de magnitud heroica".
Y no solo eso, sino que el avariento suministra -sin querer- combustible para los celos, que no son sino una mezcla explosiva de amor, odio, avaricia y orgullo: todo un séquito de vanidades.
En la vida profesional la avaricia se manifiesta como reserva cautiva de conocimientos y experiencias. Miguel de Unamuno (filósofo español del siglo XX) se refería a ello cuando afirmaba que "Es detestable esa avaricia espiritual que tienen los que sabiendo algo, no procuran la transmisión de esos conocimientos".
Tecnológicamente hablando la tendencia de software libre intenta atenuar este tipo de comportamiento avariento.
Y si quieres profundizar sobre el daño que produce la avaricia, te diré con San Bernardo de Claraval que no es sino "un continuo vivir en la pobreza por temor a ser pobre".

Querido lector, ¿te compensa la avaricia? 



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martes, 1 de abril de 2014

El frasco de las esencias: la integridad


Dicen que el mejor negocio es comprar a un hombre por lo que vale y venderlo por lo que él piensa que vale.
No sé si es así, pero lo que se me hace evidente es que a todos nos ocurre que imaginamos valer más de lo que los demás piensan que valemos. Tenemos una cierta tendencia a considerarnos mejores de lo que realmente somos.

Con frecuencia establecemos nuestro propio valor por lo que hacemos, por lo que representamos, por lo que tenemos. Y entonces, erramos el tiro.
Ya en el siglo I Juvenal, poeta satírico romano, afirmaba que "la integridad del hombre se mide por su conducta, no por sus profesiones".

También observamos que no siempre nuestra conducta es recta. En ocasiones no nos salen las cosas como queremos que nos salgan. Ni siquiera podemos garantizar querer hacer las cosas con rectitud. Hacer el bien exige aprendizaje, además de querer hacerlo. Séneca, filósofo latino contemporáneo de Jesucristo, se formulaba la siguiente pregunta retórica: ¿Qué importa saber lo que es una recta si no se sabe lo que es la rectitud?

Cuando nos proponemos vivir en cualquier circunstancia una vida recta disponemos nuestros pasos hacia la altiplanicie de la integridad. La mirada de otros no perturbará nuestro buen hacer ni nuestro bien pensar, sobre todo porque "sólo el hombre íntegro es capaz de confesar sus faltas y reconocer sus errores" (Benjamín Franklin).

Ahora, querido lector, ¿te atreves a destapar el frasco de las esencias de tu propia integridad? 

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lunes, 24 de marzo de 2014

De las vanidades y otras envidias

Decía Hesíodo, poeta griego del siglo VIII a. C. que "No es el trabajo lo que envilece, sino la ociosidad".
En la época del clasicismo heleno no creo que pudieran tener en cuenta los factores que actualmente acompañan a quienes forzosamente quedan ociosos por falta de un puesto de trabajo por lo que nadie debe sentirse ofendido.

Tampoco pienso que Hesíodo quisiera llamar villanos, en el sentido peyorativo del término, a las muchedumbres de parados que tenemos actualmente en las sociedades modernas. Más bien supongo yo que el poeta se refería a esa acepción de la ociosidad que se predica de quien no hace nada, sin más interés que el de matar el tiempo, que no coincide necesariamente con quien no trabaja, o mejor, con quien -aunque quiera- no puede trabajar.

 En ocasiones el régimen de competencia lleva a situar a las personas en condiciones morales precarias que lesionan de algún modo su autoestima. En este sentido, apuntaba Indira Gandhi, estadista y política hindú en el siglo XX, que "Un día mi abuelo me dijo que hay dos tipos de personas: las que trabajan, y las que buscan el mérito. Me dijo que tratara de estar en el primer grupo: hay menos competencia ahí": ¡Cuánto sabía sobre vanidad el anciano!

También quedan fuera de este contexto quienes aun teniendo trabajo no pueden desarrollarlo bien porque su entorno laboral extorsiona injustamente sus posibilidades de desarrollo, por ejemplo, por rencillas, competitividad desbordada, pequeñas o grandes traiciones, etc. El trabajo sin prisa -decía Marañón- es el mayor descanso para el organismo. Sin embargo, someterse a un trabajo intenso aunque parsimonioso no es del patrimonio de la mayoría porque es muy difícil aislarse de las presiones y de las envidias.

Quien se deja llevar por la vanidad o por la envidia, en la ansiedad del objeto que persigue, y que con frecuencia consigue, obtiene su propio castigo. Se ríe el pudiente de la escasez del pobre como lo hace este del temor del rico. Quizás por eso decía el escritor español Benito Pérez Galdós: "Dichoso el que gusta las dulzuras del trabajo sin ser su esclavo". No dejes, buen amigo, que te roben la esperanza porque la pobreza sin esperanza es el dintel de la miseria.
Y si nos ponemos románticos, descubrimos con Goethe que solo si has estado todo el día trabajando es posible que un buen atardecer te salga al encuentro. 

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domingo, 16 de marzo de 2014

La levedad de lo que parece tan importante


Todo el mundo lo hace, pero vivir no siempre es tan fácil. Nos cuesta todo nuestro esfuerzo, a razón de 24 horas por día.
Claro que como la vida es un evento 24x7, que no admite interrupción, no le concedemos demasiada importancia y presuponemos que el 24x7 se amplía  automáticamente a 365x24x7 y así podríamos extendernos en la serie temporal.

Esto es lo que parece, pero todos sabemos que realmente no es así, porque aun inconscientemente aprendemos de manera natural que ninguna biografía tiene discontinuidades topológicas: todas se expresan en un único segmento continuado, si bien acotado por una frontera.

Lo que les pasa a nuestras vidas ocurre necesariamente a todo aquello que cargamos sobre ellas. Nos hemos acostumbrado a unos modos de vida -modernos, decimos ahora- que incorporan herramientas, tecnologías o usos totalmente inconcebibles en otras épocas (no hace tanto de ello) pero que inhieren de tal modo en nuestra actividad que no podemos ni imaginar cómo hemos sido capaces de llegar hasta el momento actual sin ellas.
Es como si el móvil, la tableta o Internet fueran nuevos apéndices con los que ahora nacemos. Y, en cierto modo, así puede parecer. Pero no es del todo cierto, porque el móvil, la tableta o Internet generan en nosotros una dependencia externa. En casos extremos, una fuerte adicción.

Las dependencias siempre generan ansiedades y, cuando no se pueden controlar, frustraciones.
Cuando estamos en posesión de aquello que satisface nuestro inmediato deseo, parece como si reposáramos en un estado de calma, pero siempre se asoma a nuestra intimidad una duda en forma de corazonada: ¿qué pasaría si tuviera que dejar de satisfacer esa necesidad que ahora tengo cubierta?
Plantearse esta pregunta, intentar resolverla con sinceridad y gestionar sobriamente sus comprometedoras consecuencias nos empuja a iniciar un camino que nos induce un cierto grado de madurez.

Con motivo de algunas discontinuidades de servicio nos planteamos que hasta hace poco nos parecía que sin WhatsApp no podríamos vivir porque, tautológicamente hablando, de hecho no podríamos vivir. Sin embargo, hemos descubierto que lo que resolvía parte de nuestra vida no era WhatsApp sino el significado en nuestras vidas de lo que representa la mensajería instantánea. Y aquello que era un servicio 24x7 ha revelado su auténtica realidad y casi ha producido una quiebra en nuestras vidas. Pero, también ha puesto de relevancia otros servicios alternativos semejantes con sus ventajas e inconvenientes y nos ha hecho comprender que lo importante no son los servicios de la vida sino la vida misma.
Si usas prudentemente los servicios tecnológicos pronto descubrirás que apagar el móvil de vez en cuando te proporcionará muchas otras ventajas.
Y desde aquí te propongo que abandones esa obesidad digital y sigas una dieta de adelgazamiento tecnológico, al menos, para sobreponerte a tus tan incontroladas como incontrolables dependencias. 
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sábado, 8 de marzo de 2014

La felicidad, ese cisne negro

Suele denominarse cisne negro al modo metafórico de referirse a un suceso caracterizado por las siguientes tres propiedades:
  1. Es un suceso extraño que excede las expectativas normales y que no ha tenido ningún precedente que pudiera asegurar su devenir.
  2. Produce un impacto extremo de importantes consecuencias para la propia vida.
  3. Se puede predicar de él una cierta predictibilidad retrospectiva,es decir, no podemos predecirlo antes de que suceda, pero una vez que ocurre pensamos que "lo habíamos visto venir".
Internet es un claro ejemplo de cisne negro: es un suceso extraño que ha superado todas nuestras expectativas, ha tenido un impacto extremo y no podemos imaginar cómo hemos podido sobrevivir sin la red a lo largo de toda nuestra historia.

La felicidad también es un cisne negro. Comprobémoslo considerando cada una de estas tres propiedades:
  1. Es un suceso extraño que aparece en nuestras vidas gratuitamente, aunque no de manera fortuita. Nada más alejado de la felicidad que el azar.
  2. El impacto sobre nuestras vidas es nuclear, de hecho, identificamos vida con felicidad. Cuando no somos felices, perdemos la percepción del sentido de la vida. Nosotros no podemos darle sentido a la vida, solo podemos descubrir el sentido que la vida ya tiene de por sí.
  3. Nos damos cuenta de que, a priori, no podemos garantizar alcanzar la felicidad, pero cuando somos felices tendemos a pensar que esa felicidad viene de algún sitio y por alguna razón, que si la alcanzamos es porque nos hemos preparado el camino de la felicidad.
Y ahora, querido lector, reflexiona: ¿Eres feliz por lo que tienes o por lo que eres?
Si te atreves, puedes seguir con el siguiente vídeo sobre el Manual de la Felicidad


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jueves, 6 de marzo de 2014

Ponle números al negocio de la pornografía en Internet


La pornografía a través de Internet daña significativamente a un niño. Los padres harán muy bien en controlar los accesos de su hijo a las páginas que la exhiben, pero la medida será ineficaz si no son capaces de explicar al niño por qué ver pornografía desde su móvil le perjudica y, por tanto, no debería hacerlo.

No basta con que los padres establezcan unas barreras domésticas “legales”; tienen que formar a su hijo para que él mismo sepa qué debe hacer, qué es bueno y por qué, qué es malo y su porqué, y decida libre y personalmente hacer lo que es bueno porque quiere hacerlo.

Y los adultos ¿están libres de problemas? ¿Pueden los adultos hacer un uso indiscriminado de Internet? Desde luego que no. Los adultos pueden tener más formación y eso les ayuda a ejercitar mejor su libertad. Pero, por muy adultos que sean, pueden hacer mal uso de su libertad. Por esa razón, lo que se predica aquí para los menores, puede aplicarse a los adultos, salvando las distancias oportunas.


Fumar o tomar alcohol es dañino para la salud de un niño. Y también para la de un adulto. Ahora bien, la ley prohíbe la venta de tabaco o bebidas alcohólicas a menores, pero no a personas adultas. O sea, que una cosa dañina está penada por la ley en unos casos, y en otros, no. ¡Qué curioso!

La moral no es una colección de prohibiciones y mandatos caprichosos, sino una guía que, teniendo en cuenta nuestra naturaleza, nuestra dignidad de personas, nos señala lo bueno, lo que nos perfecciona y nos conduce a la felicidad. El hecho de que la ley permita vender alcohol a los adultos no convierte en bueno cualquier consumo de alcohol por parte de un adulto. No todo lo legal es moral, como no todo lo inmoral es ilegal.
Claro que... en muchos casos, mandan las leyes económicas. 


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viernes, 28 de febrero de 2014

Evangelio de la educación según Bill Gates


Al hilo de la noticia de cambio de CEO en la locomotora de Microsoft recordé aquellas notas que tomé sobre un discurso de Bill Gates a los alumnos de su antiguo Instituto y en el que les hacía unas cuantas recomendaciones de interés desde su perspectiva personal.

La sesión fue titulada como "Las 11 reglas de la vida que tus hijos no aprenderán en el colegio". Recojo aquí las once reglas junto con algunos comentarios.


Regla 1: La vida no es justa, acostúmbrate a ello.
Efectivamente la vida no es justa, pero no por ser vida es necesariamente injusta: debemos acostumbrarnos a la injusticia para mejorar la resiliencia (como se llama ahora), pero la injusticia -vital o no- debe empujarnos a mantener una actitud de combate.
Regla 2: Al mundo no le importará tu autoestima. El mundo esperará que logres algo, independientemente de que te sientas bien o no contigo mismo.
Es una descripción de la realidad, pero que el mundo sea así no quiere decir que deba ser así: los aspectos emocionales también son humanos aunque no se les conceda la prioridad, lo contrario es estoicismo.
Regla 3: No ganarás US$5.000 mensuales justo después de haber salido de la escuela, y no serás el vicepresidente de una empresa, con coche gratis, hasta que hayas terminado el Instituto, estudiado y trabajado mucho.
Es una buena aproximación a realidad pensar que quien algo quiere algo le cuesta y que a todo derecho le corresponde un deber. Derechos y deberes son partes integrantes de la misma y única Justicia.
Regla 4: Si piensas que tu profesor es duro, espera a tener jefe. Ese sí que no tendrá vocación de enseñanza ni la paciencia requerida.
Esto es un tranquilizante para profesores, que -aunque lo nieguen- en el fondo siempre dudan de la objetividad de sus acciones docentes.
Regla 5: Dedicarse a voltear hamburguesas no te quita dignidad. Tus abuelos tenían una palabra diferente para describirlo: le llamaban oportunidad.
La dignidad del trabajo proviene de la perfección en su ejecución y no del objeto material en que se opere. Otra cosa distinta es la recompensa.
Regla 6: Si metes la pata, no es culpa de tus padres, así que no lloriquees por tus errores; aprende de ellos.
Echar la culpa a otros de todo lo que a uno mismo le pasa es síntoma de falta de humildad de modo semejante a cómo echarse la culpa de todo a sí mismo es de falta de objetividad, lo que también tiene aroma de soberbia.
Regla 7: Antes de que nacieras, tus padres no eran tan aburridos como lo son ahora. Ellos empezaron a serlo por pagar tus cuentas, lavar tu ropa sucia y escucharte hablar acerca de lo “super” que eres y lo pesados que son ellos. Así que antes de emprender tu lucha por las selvas vírgenes, contaminadas por la generación de tus padres, inicia el camino limpiando las cosas de tu propia vida, empezando por tu habitación, escritorio, armario, etc.
Las cosas pequeñas y menudas siempre son indicio de acoplamiento a la realidad, o lo que es lo mismo, el camino que me conduce al paraíso comienza a recorrerse desde el primer metro.
Regla 8: En la escuela puede haberse eliminado la diferencia entre ganadores y perdedores, pero en la vida real no. En algunas escuelas ya no se pierden años lectivos y te dan las oportunidades que necesitas para encontrar la respuesta correcta en tus exámenes y para que tus tareas sean cada vez más fáciles. Eso no tiene ninguna semejanza con la vida real.
No construimos la realidad solo con nuestros deseos, únicamente influimos en ella. La transformación de nuestro entorno exige algún esfuerzo además de una sólida voluntad de cambio, por tanto, hay que poner los medios adecuados. Pero, esto solo no basta: además hay que saber producir el cambio.
Regla 9: La vida no se divide en semestres. No tendrás vacaciones de verano largas en lugares lejanos y muy pocos jefes se interesarán en ayudarte a que te encuentres a ti mismo. Todo esto tendrás que hacerlo en tu tiempo libre.
No podemos esperar que los demás hagan por nosotros lo que nosotros mismos no haríamos por nosotros mismos. Es un galimatías, pero no más oscuro que la vida misma.
Regla 10: La televisión no es la vida real. En la vida cotidiana, la gente de verdad tiene que salir del café de la película para irse a trabajar.
Si vives una vida virtual, tus logros profesionales o personales también serán de ficción: ¿qué esperabas? Claro que... siempre puedes seguir engañándote. ¡Es tan fácil!
Regla 11: Sé amable con los "NERDS" (los más aplicados de tu clase). Existen muchas probabilidades de que termines trabajando para uno de ellos.
Interesado, pero práctico. Eso si tienes suerte y en tu clase hay algún NERD. En cualquier caso, siempre merece la pena aprender de los mejores y nunca depreciar a los que no son tan buenos.

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Alfredo Abad Domingo.
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viernes, 14 de febrero de 2014

El inexorable suceder de eventos en Internet

Siempre me hizo reflexionar la saludable crítica de quienes han afirmado que el hombre no tiene historia. Solemos concederle a la Historia (con mayúsculas) una importancia preponderante, conscientes de que quien no conoce su Historia está condenado a repetirla.

Esto se manifiesta de un modo peculiar en el diseño curricular de cualquier sistema educativo poblado de asignaturas de Historia más o menos universales, Conocimientos del medio, seminarios para todos los gustos y tendencias e, incluso, películas y documentales que remedian cualquier a priori.


Sin una justificación adecuada, la afirmación de que el hombre no tiene historia me parece una delicada frivolidad. Claro que, una vez entregados a la reflexión, siento la necesidad de matizar antes de que broten algunas grietas. Son los hombres (así, en plural) los que tienen historia (en minúscula), porque la Historia (así, en mayúsculas) es una composición sociológica de acontecimientos que, partiendo de la realidad, admite una interpretación científica sistemática.
Cada hombre singular, lo que verdaderamente tiene es biografía. Y luego podremos afirmar que esa biografía deja una cierta huella en la Historia:
De eso se trata, de dejar huellas y no cicatrices.
Entre los decorados de  nuestra Historia común y en el centro nuestra biografía particular ha irrumpido Internet a modo de catalizador tecnológico que acelera la velocidad a la que surgen los acontecimientos como a borbotones. Su vertiginoso ritmo hace que perdamos memoria de lo transcurrido con tal celeridad que este tejerse de la Historia queda mitigado dejando un rastro de difuminadas biografías de huella atenuada.

¿No lo crees así? Observa detenidamente la siguiente infografía sobre lo qué sucede en Internet en un único minuto.  A la vista de tal eventualidad: ¡Qué abrumadoras me parecen nuestras vidas e irrelevantes nuestras historias!
Por eso, y sin olvidarte de ella, antes que de la Historia, preocúpate de tu propia biografía (en minúsculas). Y si en tu transcurso vital pones interés en no dejar cicatrices o en subsanar las que hubiere, habrás conseguido escribir con mayúsculas tu Biografía (así, en mayúsculas). 

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Alfredo Abad Domingo.
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jueves, 6 de febrero de 2014

La radiografía

Decía Theodore Roosevelt, presidente norteamericano de principios del siglo XX, que "El periodista de investigación es a menudo indispensable para el bienestar de la sociedad, pero sólo si sabe cuando dejar de investigar".

No cabe duda de que una cierta dosis de introspección interior proporciona datos más o menos fiables de nuestras necesidades y posibilidades de cambio: es el primer paso en el camino de la mejora personal. Sin embargo, esta actitud puede derivar en un preciosismo interior encaminado en un primer estadio a lo obsesivo y en un segundo a lo compulsivo.

No está de más adquirir un cierto espíritu de examen (ahora se dice autocrítica), pero no para acuchillarse por los errores cometidos sino para orientar el futuro desde nuestro presente y tomando conciencia de cómo fue nuestro pasado.
De lo contrario, nos pasará como al español Severo Ochoa (premio Nobel en Medicina) que después de una vida de investigación se quejaba: "Me he dedicado a investigar la vida y no sé por qué ni para qué existe".

Y tú, lector, ¿practicas el examen -perdón, la autocrítica-? Y si no lo practicas ¿crees que podrás cambiar?
Pon cada día unos minutos de radiografía: aprenderás a mirarte como realmente eres y llegarás a ser como quieres ser.
¿Conoces alguna manera mejor de progresar en tu propia libertad? 

Ilustración: 
Antonio Marín (c). Más imágenes originales en http://dibuloco.wordpress.com/

Reflexión: 
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Alfredo Abad Domingo.
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lunes, 13 de enero de 2014

Perversión en la cultura del esfuerzo

Se me hace raro el día en que no oigo hablar de la "cultura del esfuerzo" de boca de muy diferentes personas y en distintos ámbitos sociales o profesionales.
A priori, siempre me pareció bien tener en consideración el esfuerzo, quizá porque en las generaciones adultas nos hemos acostumbrado a que nadie nos ha dado nada y todo ha habido que conseguirlo con esfuerzo, frecuentemente con mucho esfuerzo.
Y es que, efectivamente, tiene los brazos más largos el esfuerzo que la comodidad.

La mayor parte de las veces que escucho hablar del esfuerzo encuentro una relación más o menos directa con entornos políticos, sindicales o de organizaciones empresariales, que es tanto como decir políticos. En algunas ocasiones, sobre todo en ámbitos gubernamentales y empresariales, juzgo que mi interlocutor está a favor de esa cultura del esfuerzo lo que me invita a ponerme a su favor. En cambio, en otras ocasiones quien habla se posiciona en contra del esfuerzo, lo que no cabe en mi entendimiento.

Sin embargo, esa unidad de criterio entre partidos políticos y organizaciones empresariales ha levantado mis sospechas y me ha invitado a reflexionar y, con ello, a poner un sano juicio crítico sobre las bondades de esa cacareada cultura del esfuerzo. Este modelo cultural ya lo hemos experimentado de manera semejante cuando hablábamos de la "cultura del pelotazo". Si asemejamos la cultura del esfuerzo con la cultura del pelotazo no tendremos más remedio que concluir, por coherencia, que ahora el esfuerzo es el pelotazo, lo que suena bastante bien, pero también quiere decir que ahora el pelotazo es el esfuerzo, que suena significativamente peor. Básicamente porque no terminamos de abandonar el pelotazo; lo que ahora hacemos es cambiar el método de alcanzarlo.

El esfuerzo, ¿es bueno? Me sigue pareciendo que sí, pero sin idolatrías. Esforzarse por conseguir un objetivo es parte fundamental para conseguirlo, alejándolo de la cultura de lo gratis. Sin embargo, el esfuerzo por sí solo no dice razón de bondad. Es cierto que esforzarse razonablemente y de manera continuada produce unos efectos en el hombre verdaderamente asombrosos. Por ejemplo, consigue el desarrollo de la virtud humana, que no de los valores. Las virtudes son hábitos entitativos u operativos, mientras que los valores son elecciones intelectuales, que se pueden o no concretar en virtudes personales en este o aquel individuo.

Se estudia en ciencia que para demostrar algo hay que hacerlo genéricamente, es decir, una demostración no es válida si no se prueba en todos y cada uno de los casos. Sin embargo, para demostrar que algo es falso basta con encontrar un único caso en que la hipotética teoría fracase, es decir, basta con encontrar un contraejemplo. He aquí el contraejemplo que derriba la cultura del esfuerzo:
No conozco a nadie que se haya esforzado tanto como esas desgraciadas personas que, sometidas por la esclavitud, trabajaron duramente un día y otro para los señores que las poseyeron. Aquel esfuerzo colectivo de la esclavitud se hizo precisamente cultura social. Se esforzaban, pero no eran libres. El esfuerzo que pusieron fracasó en la construcción de sus personas.
Además, hay quienes no pueden poner esfuerzo por daños en su voluntad, en su inteligencia o en sus capacidades físicas o fisiológicas. Aunque quisieran no podrían participar de la cultura del esfuerzo.
Entonces, ¿qué hacemos con ellas? ¿Les desposeemos de su dignidad porque no son capaces de ponerla en relevancia a través de ese esfuerzo del que son incapaces? ¿No será acaso que el concepto de esfuerzo que todos predicamos está coloreado de un saturado utilitarismo? Sin embargo, si abandonamos el esfuerzo, ¿qué podríamos conseguir? Probablemente, nada.
Luego, ni el esfuerzo ni la cultura del esfuerzo bastan: ambos son importantes, pero necesitamos algo más.
El esfuerzo no tiene razón de fin sino de medio, por eso no puede liderar nuestra actividad: el esfuerzo solo puede ser un método. Pero nos damos cuenta que las organizaciones políticas y empresariales no hablan de métodos, pretenden configurar la sociedad, es decir, quieren imponernos lo que está bien y lo que no. Y ahí fracasan, por eso los países que más se esfuerzan en el trabajo (por ejemplo, porque dedican más horas en su calendario laboral) no son necesariamente los que mejores resultados obtienen, como tampoco tienen por qué ser los más felices: basta con ver las altas tasas de suicidio de los escolares surcoreanos, que pasan por ser los que más se esfuerzan del mundo. Tampoco los que menos se esfuerzan son los mejores ni los más felices. Debe haber alguna correlación entre esfuerzo y felicidad, pero no se identifican.

Y entonces, ¿qué hacemos? Ponerle al esfuerzo un auriga conductor. Mi propuesta es que el auriga se llama "deber". Hay que hacer las cosas porque debemos hacerlas, porque nos convienen, porque nos perfeccionan o nos conducen a lugares en los que libremente ponemos nuestro interés o el de otros. Para recorrer la singladura diaria es necesario el esfuerzo puesto que de lo contrario nunca podríamos dar un paso por ese camino, ni por ningún otro. Para vivir libremente hacen falta las virtudes como para caminar los zapatos. Sin calzado puedes dar algunos pasos pero nunca llegarías muy lejos porque tus heridas impedirían tus desplazamientos del mismo modo que la falta de virtudes lastrarían tus decisiones.

Y, puesto que somos libres, ¿cómo podemos saber cuál es nuestro deber? Simplificando la respuesta: ¿Tu que eres, un hombre, una mujer? Entonces, tu deber es hacer aquello que se adecua a lo humano, a tu dignidad, a tus compromisos, a tu profesión; a lo que eres, a lo que quieres ser, a lo que puedes ser, a lo que los demás te dejan ser. Vales lo que eres, no lo que tienes; vales lo que puedes, no solo lo que haces.
Hablar solo de la cultura del esfuerzo es una perversión de la verdad de lo que somos y solo cuando nos decidimos en la dirección de nuestro deber, también a través del esfuerzo, nos encaminamos al fin que nos perfecciona.

Somos personas humanas lo que nos lleva a pensar que compartimos algo común que no depende de nuestra voluntad sino que emana de lo que somos, de eso que los filósofos han llamado naturaleza humana. Pero si negamos la naturaleza, entonces se atenúa la realidad de nuestro ser personas y nos convertimos en meros individuos, números en las bases de datos de las administraciones, contribuyentes de impuestos, socios de una organización profesional, miembros de un partido político, etc. Nuestro rostro deviene en simple fotografía.

Pero, si las personas se convierten en meros individuos, entonces la naturaleza se transforma en simple sociedad, mero agregado de individuos, en donde las reglas de juego son arbitrariamente decididas y sustituidas por quienes ostenten el poder en ese momento, cualquiera que sea la forma en que lo consiguieron.
¿Qué interés podrían tener las organizaciones políticas y empresariales en la "cultura del esfuerzo"? Quizá sea el de atenuar nuestra parte personal en aras de promover un utilitarismo individual. Pero un utilitarismo útil para ellos.
Por tanto, le declaro formalmente la guerra a la "cultura del esfuerzo" por incompleta y por injusta. Para que pueda ser aceptada debe someterse a la "cultura del deber", del deber cumplido. En caso contrario, aunque su punto de partida sea algo conveniente a nuestra realidad vital deviene en inhumanidad, y cuando esa cultura se pone en contraste con la verdad de lo que somos, pervertida.

¿Quieres saber más sobre esa otra relación perversa entre el éxito y la excelencia

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Alfredo Abad Domingo.
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