lunes, 13 de mayo de 2013

Freud y Tolstoi: educación emocional

Decía Sigmund Freud (1856-1939) que "existen dos maneras de ser feliz en esta vida, una es hacerse el idiota y la otra serlo". No sé si es más escéptico que pesimista o al revés.
Traigo aquí hoy un vídeo, que encontré en el blog de Juan Enciso, grabado en el colegio Sagrada Familia de Gavà, que arroja luz en
uno de los campos más olvidados de la mayor parte de los sistemas educativos: la educación emocional.

Quiero destacar varios aspectos que me parecen de interés, que inviten a la reflexión y a un posterior comentario:
  1. La primera piedra en la educación de las emociones es ponerles nombre. Solo cuando somos capaces de nominarlas, estaremos en disposición de poder gestionarlas.
  2. Las emociones, si más, no deben ser reprimidas; pero hay que aprender a darles cauce. La espontaneidad puede formar parte de un valor, pero no todo lo espontáneo es necesariamente valioso. Algo primario no adquiere valor en razón de su espontaneidad, sino porque puede encerrar algo de verdadero, de bello, de sincero, etc.
  3. El vídeo me parece un paradigma de las diferencias entre instrucción y educación.
  4. ¡Qué difícil se me hace compaginar un programa repleto de contenidos con una educación llena de valores! Por eso, reivindico la figura del educador como la de un artista, transido de transversalidad en el buen hacer, en el bien decir y en el cálido acoger.
(pueden activarse los subtítulos en español)

Y, ahora, el contrapunto:

A la luz de estas reflexiones, qué diferencia tan sustancial media entre la concepción de la felicidad de Freud con que encabezábamos este post y la de Leon Tosltoi (1828-1910) que la concebía de la siguiente manera:
"Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo." 
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Alfredo Abad Domingo.
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miércoles, 8 de mayo de 2013

Movilidad (IV): BYOD y la consumerización

El fenómeno BYOD y la consumerización

Continuamos con este cuarto post, esta serie de 10 artículos sobre movilidad subtitulados "La sustantivación técnica del adjetivo", que pretenden estudiar el estado de las tecnologías móviles actuales y que invitan a la reflexión sobre el impacto que tiene la aplicación de la movilidad TIC sobre la sociedad y el quehacer cotidiano. El subtítulo es, cuando menos, intrigante; pero espero que conforme avance el desarrollo de estos artículos, el lector avispado se irá persuadiendo del significado profundo que subyace de él.
El índice que desarrollaremos será el siguiente:
  1. Introducción: las tres tendencias tecnológicas actuales.
  2. Los servicios basados en la nube.
  3. La convergencia de las comunicaciones.
  4. El fenómeno BYOD y la consumerización (este post).
  5. Los nuevos dispositivos móviles.
  6. Las nuevas necesidades de los usuarios con movilidad.
  7. El nuevo "socialismo digital": un cambio en el paradigma social.
  8. Movilidad y aprendizaje.
  9. El utilitarismo de la compulsión postmodernista.
  10. Incidencia de estos cambios en las empresas.

(Post 4/10 de la serie Movilidad TIC: la sustantivación técnica del adjetivo).

La proliferación de servicios en la nube y su principal ventaja para el usuario final que es su movilidad, nacida de la deslocalización del servicio, ha hecho que los usuarios se acostumbren a tener todos sus servicios disponibles no solo desde cualquier lugar sino utilizando cualquier dispositivo de acceso.

Como esto construye una situación muy cómoda, nos parece que además de cómoda es muy eficaz y esto nos empuja a fomentarlo aún más. Incluso pretendemos utilizar nuestros propios dispositivos móviles para acceder a la información corporativa: en esto consiste el fenómeno BYOD (Bring Your Own Device), en la utilización consentida en el ámbito profesional de los dispositivos personales privados.

La expresión que se ha acuñado para referirnos a esta realidad es “consumerización de la tecnología” , que no es más que la utilización de herramientas (tanto soft como hard) que los empleados usan para realizar tareas dentro de la empresa: redes sociales, gadgets y terminales móviles, etc.

Figura 3. Modelo de gestión de BYOD propuesto en sus instalaciones por la Holliston High School para la integración de dispositivos móviles de sus estudiantes en el ámbito de sus instalaciones universitarias.
En resumen, la consumerización es la intrusión de la tecnología doméstica en la oficina . A la primera generación de empleados que utilizan estas herramientas se les denomina “early adopters”, que se nutren de los llamados “nativos digitales”, normalmente jóvenes –cuando no niños– que siempre han convivido con la tecnología en su entorno y que la han incorporado como connatural a su existencia.

Puedo asegurar que el párrafo anterior ha sido muy fácil escribirlo; tan fácil como difícil conseguir lo que expresa, al menos, con las debidas garantías de seguridad. Quizás la mayor parte de las empresas que consienten conexiones BYOD sin precaución, es decir, sin un plan de ingeniería concreto, desconocen que pueden ser denunciadas severamente: ¡es tan fácil violar la Ley Orgánica de Protección de Datos! 

Baste un ejemplo: ¿qué pasaría si desde nuestra tableta o smartphone hemos descargado una lista de clientes en una hoja de cálculo con alguna información confidencial y luego perdemos o nos sustraen el dispositivo? ¿Tenemos declarado ante la Agencia de Protección de Datos que ese dispositivo puede almacenar una copia de esa información?

Consuma BYOD “con-suma” precaución

¿Más? Hay más.

Para no tener que almacenar en los dispositivos BYOD la información sensible hay compañías que contratan servicios de almacenamiento IaaS en la nube, de modo que la información se consulta cuando va a ser utilizada pero no es permanente en el dispositivo en que se visualiza.

Hasta ahí todo bien: el problema ya no está en el dispositivo final. Ahora el problema está en la nube: la Ley europea exige que los datos en la nube deben residir dentro de la Unión Europea, de lo contrario la Justicia no podría exigir al proveedor las exigencias de las posibles sentencias judiciales relativas a protección de datos. ¿Preguntan las empresas cuando contratan sus servicios en la nube en qué lugar físico ubicará el proveedor IaaS los datos almacenados? Los proveedores conocen esto y, a pesar de que les resultaría más barato ubicarlos en Asia, están instalando centros de procesos de datos dentro de la Unión Europea para ofrecer a sus clientes servicios legales además de seguros.

Si la nube es deslocalización, ¡qué mal se llevará la nube con las restricciones legales! Y es que la nube es Internet, e Internet es libre o no es Internet. En el momento de escribir este artículo la Unión Europea está estudiando cómo flexibilizar esta norma, de modo que no se pierdan o se fuguen al exterior nuevas oportunidades de negocio.

¿Más? Todavía más.

La información relevante desde el punto de vista de la protección debe viajar por la red cifrada con objeto de evitar escuchas indeseadas en redes de transporte libres como es Internet. Si el proveedor no provee el servicio de cifrado, el cliente nada puede hacer más que dejar de contratarlo, es decir, quedarse sin servicio. 

Podemos elegir proveedores que provean cifrado, pero entonces tendremos que asegurar que la plataforma de nuestro dispositivo móvil acepta consumir la información suministrada con el mismo tipo de cifrado, que es lo normal, salvo que las aplicaciones utilizadas lo impidan. Por ejemplo, la mayor parte de las aplicaciones utilizadas para acceder a las redes sociales no admiten cifrado. Algunas redes sociales están denunciadas por las oficinas de consumidores y usuarios por esta razón, entre otras. 

En el siguiente post: Los nuevos dispositivos móviles. 

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Alfredo Abad Domingo.
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Artículo "Tecnologías para la movilidad. La sustantivación técnica del adjetivo". Escrito originalmente y publicado en Escenario 2012. Instituto Tecnológico y Gráfico Tajamar. ISBN: 978-84-88543-12-7. Copyright 2012 by Alfredo Abad. Se otorga licencia de reproducción citando al autor y revista de publicación original.

viernes, 3 de mayo de 2013

El iPad de Cleopatra

El cine ha conseguido que todos conozcamos la legendaria relación entre Cleopatra, última reina del antiguo Egipto y de la dinastía ptolemaica, y el general y político romano del final de la época de la república Marco Antonio, enviado a Egipto por quien era su amigo, Julio César.  

Aunque hay muchas otras versiones, todas basadas en la tragedia histórica en cinco actos que escribiera Shakespeare y representada por primera vez en 1607, viene a mi memoria ahora la película que dirigió y protagonizó Charlton Heston en 1972, junto con Hildegarde Neil en su papel de Cleopatra y otros actores, alguno de ellos españoles: no en balde, era una coproducción del Reino Unido, Suiza y España.

En su afán deslumbrador, Cleopatra intentó impresionar a Marco Antonio apostando con él delante de su corte que la reina sería capaz de organizar una cena de diez millones de sestercios. Trasladándonos en el tiempo, y para hacernos una idea aproximada, un sestercio era lo que costaba cena y cama en los hostales de la época. El desafío fue aceptado por Marco Antonio, seguro de que le ganaría la apuesta a la primera dama de Egipto.

Llegado el momento, se sirvió la cena -pomposa, a más no poder-, pero lejos de que pudiera acercarse a la cifra apostada. Marco Antonio, pensó que tenía ganada la apuesta: él nunca apostaba más que sobre seguro.


Cleopatra, que lucía en la cena un magnífico collar de perlas, le preguntó al juez de la apuesta cuánto podrían valer cada una de las perlas de la alhaja. A lo que el juez, sorprendido por la pregunta, contestó que unos cinco millones de sestercios, la mitad de la apuesta.

Ante la vista de todos los invitados a la cena, la reina desprendió una de las perlas engastadas en el collar y la hizo rodar hacia el fondo de una copa que contenía algo de vinagre. El carbonato cálcico, material de que se componen las perlas, se disolvió en el ácido vinagre hasta que la perla desapareció del fondo de la copa. Cleopatra, apurando la copa, se bebió el vinagre y, con él, la perla.

Marco Antonio se dio por derrotado: no hizo falta que Cleopatra se bebiera una segunda perla para cubrir totalmente el monto de la apuesta.

¿Por qué cuento esta anécdota? 

Mantén la expectación hasta el final, querido lector, porque me parece que a veces los que tenemos alguna dedicación a la educación, heridos de modernismo, podemos llegar a confundir lo nuevo con lo bueno, lo que no es necesariamente cierto como tampoco lo es que todo lo nuevo sea malo. Bondad y modernidad son dos categorías separadas que solo mantienen una relación concomitante.
Estas vacilaciones son aprovechadas por la ignorancia para arraigar en los estudiantes -ahora, nativos digitales-, quienes la mayor parte del tiempo son también jugadores, para seguir cometiendo faltas de ortografía o perseverar en su negativa a lo terrible de enfrentarse a un folio -perdón, ahora a una pantalla o una tableta- en blanco para redactar unas líneas sin la ayuda del corrector ortográfico o de las sugerencias sintácticas del procesador de textos, aun cuando este se encuentre alojado en la nube.

Observo que en algunos entornos educativos se está imponiendo la tecnología en las aulas de manera imprudente, a toda costa. Afirmo yo:  habrá ideas, conceptos, actitudes, aptitudes cuya transferencia o aprehendimiento se llevará a cabo de manera más adecuada utilizando TIC en el aula, pero ¿todo? Puede que haya otras que no.

Yo conozco buenos profesores que son buenos educadores con TIC y sin TIC: se adaptan al medio que poseen y al auditorio que les escucha. Sin embargo, tiendo a pensar que cuando alguien apuesta vehementemente por un cambio, sea cual fuere la dirección tomada, es porque su modo de hacer previo no funcionaba todo lo bien que se esperaba.

La innovación

 De modo semejante, está ocurriendo con el talismán del término "innovación". Ahora, todo debe ser innovador.
 ¡O, no...! ¡Depende!
Si hay algo, un proceso, que funciona bien, ¿por qué hay que innovar para hacerlo de otra manera? No estaría justificada la inversión que exige la innovación para conseguir lo mismo que ya se conseguía antes.
Por tanto, innovación sí: cuando convenga.
Decidir si conviene o no, requiere practicar la prudencia, que exige un juicio certero, basado en la realidad y no tanto en corazonadas, que aunque sean percibidas románticamente puede que no sean sino infartos de miocardio.
Así, es como yo considero que debe entrar la tecnología en las aulas: con eficacia, pero de puntillas y sin darle demasiada importancia. Como pasó por la garganta de Cleopatra la perla disuelta en un poco de vinagre. 

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Alfredo Abad Domingo.
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