sábado, 15 de diciembre de 2012

La dubitativa preocupación del administrador TIC

No es santo de mi expresa devoción, pero personalidad no le faltaba. Y, no solo personalidad. Con una cabeza exquisitamente amueblada, Bertrand Arthur William Russell o simplemente Bertrand Russell, como se le conoce de modo habitual, había nacido en 1872 y llegó a ser filósofo, matemático, lógico y escritor. Suficientemente buen escritor como para ganar el Premio Nobel de Literatura en 1950, según afirmó la Academia Sueca "en reconocimiento de sus escritos variados y significativos en los que defiende los ideales humanitarios y la libertad de pensamiento".

Además de ser uno de los fundadores de la filosofía analítica, que dominó entre los filósofos de lengua inglesa en el siglo XX, desarrolló en varias fases una teoría del conocimiento, hizo importantes incursiones en la Ética -su ética, claro-, estudió la lógica matemática y la filosofía de la ciencia e influyó sobremanera en la incipiente filosofía del lenguaje con su teoría de las descripciones.

Russell estuvo especialmente dotado para intervenir en disputas y controversias. En materia religiosa, su pensamiento estuvo siempre revuelto y cambiante. En 1949 escribió un discurso "Am I an atheist or an agnostic? (¿Soy ateo o agnóstico?) en el que reflexionaba en si llamarse a sí mismo ateo o agnóstico. Copio de Wikipedia un breve fragmento de ese discurso:
    "Como filósofo, si estuviera dirigiéndome a una audiencia puramente filosófica, debería decir que tendría la obligación de describirme a mí mismo como un agnóstico, porque no creo que haya un argumento concluyente con el cual uno demuestre que no hay un Dios. Por otra parte, si voy a expresar la idea correcta al hombre común en la calle, pienso que tendría que decir que soy un ateo, porque cuando digo que no puedo probar que no existe un Dios, debería igualmente agregar que no puedo probar que no existen los dioses homéricos."
                                                                  Bertrand Russell. Collected Papers, vol. 11, p. 91



Creo que el texto dibuja con claridad el estado interior de Russel. Y, todavía más, su capacidad persuasiva de discurso lógico y racional, cuando no positivista. Es una manifestación evidente de un "sí, pero no", claro que orondamente justificado por el argumentador.

En una encuesta realizada por la compañía EMC a responsables de sistemas de empresas españolas se dedujo que la mayor prioridad tecnológica de éstas con un 54% y, por tanto, la mayor preocupación era el mantenimiento de los sistemas. En el ranking, seguía con un 45% la gestión del almacenamiento y la administración de datos. Hasta aquí todo parece normal pues este tipo de profesionales tienen como objetivo la continuidad del negocio, lo que significa tener en perfecto funcionamiento los sistemas que tratan los datos y los datos tratados por los sistemas. Por tanto, parece coherente.
Siguiendo con los resultados de la encuesta, con un 43% aparece la preocupación relacionada con la integración de tecnologías complementarias que produzcan innovación, así como el cloud computing con un 42%. En último lugar aparecen la fiabilidad, la escalabilidad y el rendimiento.

Sin embargo, cuando en encuentros profesionales se habla en la intimidad tecnológica con estos mismos profesionales, resulta que todo lo relacionado con la innovación no se corresponde con esta estadística. Efectivamente la preocupación por los sistemas y los datos es alta, pero no así por la innovación. Entre otras razones porque la innovación hay que pagarla a priori sin tener una garantía de recuperación de la inversión realizada, lo que hace difícil justificar estas inversiones en los niveles gerenciales o en el de los directores de producción.

Ante la presión de unos y de otros, el administrador de TI baila entre dos aguas: a veces es ateo y a veces agnóstico, como Bertrand Russell. ¿Por qué? por la poca implicación en la estructura de la organización de los elementos humanos técnicos. A veces por culpa de la alta dirección y otras veces por culpa de las estructuras técnicas, lo que es muy común en empresas de tamaño medio y medio-alto. En las PYMEs es que ni se lo plantean, por eso es más difícil que innoven. ¿Qué mueve a los responsables técnicos a involucrarse tan moderadamente en los objetivos innovadores de la organización? El miedo a perder su puesto de trabajo. Y la razonada sinrazón consiste precisamente en "tente mientras cobro" y en fomentar la "falta de transparencia" de sus procesos, para protegerlos bajo una capa de ignorancia.
Y en el caso de los directivos no técnicos, ¿qué hace que alimenten esta situación? Dependen extraordinariamente del staff técnico sobre el que se apoyan, por tanto, su inestabilidad laboral se fundamenta en la falta de equilibrio técnico de los estadios inferiores. El resultado: entre unos y otros, innovan lo indispensable para hacer verosímiles la propaganda comercial, pero en realidad: ¡la casa sin barrer! Toda una irresponsabilidad.

Russell no lo hubiera permitido. Después de dudar hubiera actuado. Creó junto con Einstein, Oppenheimer y otros científicos la Academia Mundial de Arte y Ciencia en 1960 para dar respuesta a su preocupación por los efectos perniciosos sobre toda la humanidad de las armas nucleares. De hecho, en 1962 medió en la crisis de los misiles de Cuba para evitar que se desatara un ataque militar y llegó a organizar con Einstein un manifiesto que fue la génesis de las Conferencias de Pugwash como campaña en contra de la fabricación de armas nucleares. No se puede decir que Russell fuera un conformista.

Una posible solución: los administradores de TI de alto nivel tienen que derivar hacia su conversión en CIOs y pasar a formar parte de la organización empresarial. Para conseguir esto, no tienen más remedio que desarrollar su mano izquierda. Y argumentar, y argumentar, y volver a argumentar como lo haría Russell.
Que ¿cómo lo hacía Russell? Lee la siguiente anécdota y te darás cuenta de a qué me refiero.
En cierta ocasión Bertrand Russell estaba especulando sobre enunciados condicionales del tipo :“Si llueve las calles están mojadas” y afirmaba que de un enunciado falso se puede deducir cualquier cosa.
Alguien que le escuchaba le interrumpió con la siguiente pregunta :
- “Quiere usted decir que si 2 + 2 = 5 entonces usted es el Papa”.
Russell contestó afirmativamente y procedió a demostrarlo de la siguiente manera :
- “Si suponemos que 2 + 2 = 5, entonces estará de acuerdo que si restamos 2 de cada lado obtenemos 2 = 3. Invirtiendo la igualdad y restando 1 de cada lado, da 2 = 1. Como el Papa y yo somos dos personas y 2 = 1 entonces el Papa y yo somos uno, luego yo soy el Papa”.
Alfredo Abad Domingo.
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