martes, 27 de noviembre de 2012

Los que tocan el i-Piano

i-Piano
Tocando el piano con un iPad.
No sé si habéis experimentado en alguna ocasión el chirriar de los oídos al escuchar una obra musical, sinfónica o no, en directo o enlatada.
A mí me ha pasado en alguna ocasión.
Y no por el elevado volumen de la ejecución, quizás por otro lado magistral, ni por la violencia del ritmo como en esas composiciones modernas que más que con el oído se escuchan con el aparato digestivo, ni por lo chirriante del timbre de algunos instrumentos, sino por la atonía de la composición.

Propongo al lector que lo experimente escuchando esta composición en Youtube.


Se trata de la obra, titulada “Peripetie”, claro ejemplo del expresionismo musical, compuesta por el músico y pintor Arnold Schöenberg. Este judío vienés, que nació en 1874, fue intensamente influido por Brahms, el gran clasicista romántico heredero de Beethoven y por Wagner, el gran progresista, también romántico. Pero, ¿por qué nos parece tan extraña la música de Shöenberg? Porque utiliza técnicas de música dodecafónica. De hecho, es su creador. Esta música consiste en utilizar las doce notas de la escala por igual, sin imponer una tonalidad concreta, de ahí su calificativo de música atonal, que tan estridente se hace al oído. Todo se inmola en alas de la modernidad, en este caso musical.

No es que Schöenberg no supiera componer de otra manera, de hecho, era un genio de la composición tonal (fue un protegido de Mahler y de Zemlinksky, aunque avanzando el tiempo no llegaron a comprender la música de su mimado), llegó a dar clases en UCLA (USA), donde murió en 1951. Sencillamente no podía competir con semejantes monstruos y decidió que en lo que podría destacar es inventando una nueva técnica compositiva en la que no tendría competidor: la dodecafonía, que fue el punto central de la llamada Segunda o Nueva Escuela de Viena. El amor mueve al mundo, pero la vanidad es un componente azeótropo de su combustible.

Recordad ahora la vida de Schöenberg me sugiere que algo parecido está ocurriendo en estos días con la indiscriminada incorporación al entorno educativo de los dispositivos electrónicos, y más en concreto, los móviles: tabletas, teléfonos inteligentes o portátiles.No es que yo esté en contra de ellos, ni mucho menos: es más, me dan de comer. Pero veo con asombro como están captando la atención del entorno educativo, sin apoyar sus decisiones en estudios previos que confirmen que, efectivamente, mejoran la calidad educativa.

Puede que sí la mejoren, de hecho a mí me parece que la mejoran, pero es un parecer no una realidad científica. Por tanto, afirmar esa mejora supone en mí caer en el mismo error que critico. Solo que en este caso el objeto de estudio es la educación de los jóvenes, algo con lo que no se debería jugar tan ligeramente. Claro que, mientras tanto, los fabricantes de dispositivos móviles se frotan las manos y hacen crecer sus graneros.

Back to de school
Volviendo a la escuela.

A mí, la educación tradicional me parece mejorable, pero no se me hace tan horrorosa como se afirma. De hecho, nos ha traído hasta el momento histórico actual. Y, tampoco nos ha ido tan mal: es la causante de que ahora pueda estar escribiendo en este blog. Por tanto, podemos otorgar un rotundo “SÍ” a las mejoras, pero “NO” a cualquier cambio, porque no cualquier cambio proporciona necesariamente una mejora sustancial. Poco a poco iremos desgranando en este blog ventajas e inconvenientes de esta inserción tecnológica en actividades productivas transversales, una de las cuales -no la única- es la educación.

Todos sabemos que se mejora más la educación incrementando la competencia del docente que cambiando el medio de transmisión del conocimiento. Es como si el universo docente hubiera desertado de conseguir mejorar su propia calidad profesional. Algo así como le ocurría a Schöenberg: puesto que no podía competir con aquellos que admiraba en aquello que entonces era considerado buena música, tuvo que reinventarse y crear -ahora diríamos innovar- una nueva música, totalmente científica, pero agresiva al oído delicado.

En la actualidad, y en homenaje a "Los que tocan el piano", la película de cine clásico español del recientemente fallecido Tony Leblanc, pienso que "Schöenberg tocaría el i-Piano".

Recuerda: todo se inmola en aras de la modernidad, en este caso educativa.



Alfredo Abad Domingo.
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